Siete lecciones para Macron a dos años de llegar al poder

Todo el que alguna vez ha soñado con cambiar Europa sabe que eso requiere de una travesía por el desierto llena de espejismos , sed y sufrimiento.

Es un camino que merece la pena en el que muchos antes han perecido. Cuando Emmanuel Macron llegó un 14 de mayo de 2017,parecía absolutamente imparable. Su objetivo; reformar la Unión Europea. Y parecía, por fin, un sueño al alcance de la mano.

Había razones para ello. Fue el primer candidato en ganar unas presidenciales con un mensaje abiertamente europeísta, con un discurso lleno de propuestas para el futuro de la UE y con mítines repletos de banderas con las 12 estrellas amarillas sobre fondo azul. En la noche de su victoria electoral, el galo cruzó por la plaza del Louvre con el himno europeo de fondo.

En los pasillos comunitarios se hablaba de una “primavera europea”. Se había pasado muy mal, con una crisis del euro, seguida de una crisis migratoria, del Brexit y la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca. Pero por fin parecía que el viento soplaba a favor de la Unión Europea. El entusiasmo era total.

Unos meses después, en septiembre de 2017, el mandatario realizaba un maratoniano discurso en La Sorbona de París. Allí propuso un presupuesto común de defensa y unas fuerzas de intervención rápidas, la creación de un presupuesto para la Eurozona y la designación de un “súper ministro” de Finanzas para la zona euro. Macrón dejó las expectativas lo más alto posible.

Y cuanto más arriba estás más grande es la caída.

Manifestante frente a la sede de la Comisión Europea en Bruselas. (Reuters)

© Proporcionado por Titania Compañia Editorial S.L. Manifestante frente a la sede de la Comisión Europea en Bruselas. (Reuters)Manifestante frente a la sede de la Comisión Europea en Bruselas. (Reuters)

Primera lección: maneja las expectativas. Otros antes que él han llegado al poder en Francia (especialmente por su visión más federal de Europa) con mensajes en los que aseguraban que, de una forma u otra, cambiarán el continente. Hasta ahora en pocas ocasiones el proyecto europeo ha sufrido grandes modificaciones en un periodo corto de tiempo. Los grandes discursos y grandes propuestas son bienvenidas, y generan una discusión europea, pero a la vez hay que saber gestionar el entusiasmo que generan.

Segunda lección: hay que ganarse la confianza de Angela Merkel. Antes de llegar a la presidencia, ya Macrón sabía que la canciller alemana era clave. Sin el eje franco-alemán nada funcionaría. La líder germana llevaba años sin sombra en Europa: Nicolás Sarkozy y François Hollande habían llegado con fuerza y con promesas para la UE pero rápidamente se apagaron. Si Macron no quería seguir el mismo camino debía lograr una relación estrecha con Merkel y eso requería meter mano a reformas delicadas que Francia llevaba retrasando demasiado tiempo.

Las elecciones alemanas, pocos después, dieron lugar a otro acuerdo de Gobierno esperanzador. Otra vez en Bruselas se lanzaban cohetes. El texto que firmaron la CDU de Angela Merkel y el SPD de Martin Schulz, expresidente de la Eurocámara, mencionaba en muchísimas ocasiones la palabra “Europa”.

Pero automáticamente después las cosas se empezaron a torcer. Porque la tercera lección es que el eje franco-alemán no es fácil de gestionar. Especialmente porque gran parte de sus medidas requerían de una solidaridad económica por parte de Berlín que no tenía precedentes, como la idea de un presupuesto común para la Eurozona.

No es solo que Merkel viera con cierta distancia dichas ideas, sino que en Alemania hay muchos otros actores sobre el tablero: medios de comunicación, empresas y el resto del partido presionan para que Berlín no abandone las posiciones ortodoxas que han caracterizado al país dentro de la UE en los últimos años.

Emmanuel Macron charla con Angela Merkel en una reunión informal del Consejo Europeo. (EFE)

© Proporcionado por Titania Compañia Editorial S.L. Emmanuel Macron charla con Angela Merkel en una reunión informal del Consejo Europeo. (EFE)Emmanuel Macron charla con Angela Merkel en una reunión informal del Consejo Europeo. (EFE)

E incluso así, y aunque de forma muy lenta, la canciller dio pasos en la dirección de Macron. Quizás no eran todos los que el francés esperaba, pero el acuerdo de Meseberg en junio de 2018, ponía las primeras piedras del futuro presupuesto de la Eurozona. Eso fue, sin lugar a dudas, una buena notica.

Cuarta lección: el eje franco-alemán no es suficiente. La UE es un club enormemente complicado, y en algunas ocasiones París y Berlín tienden a pensar que son los dos polos que mueven al resto de Estados miembros. Si los dos están de acuerdo, todos les seguirán. Error.

La aparición de la ‘Nueva Liga Hanseática’, un club de países ortodoxos liderados por Países Bajos y en el que participan otros Estados miembros como los bálticos, Irlanda o Dinamarca, tiene como objetivo frenar cualquier proceso que lleve a una mutualización de riesgos de ningún tipo con los países del sur, es la demostración de que en la UE se tejen alianzas más allá de la franco-alemana, y en ocasiones son tremendamente efectivas. Y eso incluye bloquear cualquier reforma de la Eurozona que se encamine en esa dirección.

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Quinta lección: ecucha al “fantasma Juppé”. Alain Juppé, un primer ministro francés que se disponía a reformar Francia de arriba abajo cuando en 1995 una serie de huelgas tomaron las calles francesas. El líder galo trató de aguantar el pulso. Pero perdió y cedió. A partir de ahí su figura empezó a diluirse y el fracaso fue absoluto.

Macron lo tenía claro cuando en abril de 2018 tuvo que enfrentarse a la huelga ferroviaria que paralizó al país. Estaba dispuesto a aguantar el pulso fuera como fuera. El problema es que el fantasma de Juppé ha seguido ahí, y ha tomado forma en los chalecos amarillos, contra los que Macron no ha sido capaz de aguantar el pulso. Remontar esa partida puede ser difícil y siempre lastra la agenda internacional.

Protestas de los chalecos amarillos en Francia. (EFE)

© Proporcionado por Titania Compañia Editorial S.L. Protestas de los chalecos amarillos en Francia. (EFE)Protestas de los chalecos amarillos en Francia. (EFE)

Sexta lección: el realismo europeo siempre se impone. Macron llegó pensando que se podía cambiar Europa al completo. Sabía que sería difícil, pero era posible. Hoy, dos años después de llegar al Elíseo, sabe que era muchísimo más complicado de lo que llegó a pensar. La UE es tremendamente compleja, el eje franco-alemán ya no es suficiente, y avanzar juntos resulta cada vez más difícil a medida que cada país tiene su propia visión sobre el proyecto europeo.

Ni siquiera con la institución en la que él más confiaba las cosas son fáciles. Su propuesta de unas listas transnacionales, seguramente una de las mejores ideas que flotan en Bruselas durante los últimos años, fue derrocada por el propio Parlamento Europeo con los votos en contra de euroescépticos y del Partido Popular Europeo.

Séptima lección: vuelve a la primera lección y hazlo bien. Hace dos años eran demasiado altas y ahora son demasiado bajas. Tras dos años tratando de romper el bloqueo con el eje franco-alemán, el presidente galo decidió enviar una carta a los europeos en casi todos los idiomas de la UE. Es un buen camino: ahora que se ha golpeado con la realidad es momento de que el líder galo vuelva a intentar inflar los ánimos de los europeos, mirando más allá de sus relaciones bilaterales con Berlín.

El presidente galo es plenamente consciente de todas estas lecciones. Todos los ojos están ahora sobre él para saber si aprende de ellos. Su decisión de llegar a un acuerdo muy favorable a Alemania con el gaseoducto Nord Stream 2, que conecta el territorio alemán directamente con Rusia y que aísla a los países Bálticos y deja expuesta a Ucrania, hace entrever que el francés sigue confiando demasiado en una relación única con Berlín, aunque tenga un precio tan caro como el de dicho proyecto.

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