¡Qué llueva! ¡Qué llueva!

Leonardo Lozano vuelca, en su más reciente CD , casi toda la música infantil que ha producido para cuatro solista a lo largo unos treinta años de trabajo

A menudo se subestima la dificultad de crear obras dirigidas a la audiencia infantil, cuando en realidad se trata de un público muy exigente, transparente (baste recordar aquel personaje que declaraba a viva voz que el Emperador iba desnudo…) y en el cual el impacto de una creación está llamado a perdurar largo tiempo, despertando profundas emociones. 

Sembradas en los primeros años, las canciones infantiles se transmiten de generación en generación, van asociadas al afecto, a los recuerdos tempranos, al pecho nutricio en el arrullo y a los juegos del patio de colegio. Musicalmente, son un producto idóneo para desarrollar variaciones, puesto que, al ser del dominio común, es fácil que el oyente reconozca la melodía, mientras que la instrumentación y el ritmo pueden complicarse hasta el infinito. 

Tal es el reto que asume uno de los más importantes intérpretes de nuestro instrumento enseña, el cuatro: Leonardo Lozano vuelca, en su más reciente CD , casi toda la música infantil que ha producido para cuatro solista a lo largo unos treinta años de trabajo. 

El virtuosismo de Lozano nos describe con claridad situaciones que logra evocar inesperadamente cuando el cuatro se transforma en el redoblante de una guerra de juguete en Mambrú; en el sonido del mecate de un chinchorro en el Arrorró yekuana con estrellas y chinchorro; en la campana de un reloj al final de Natalia, de Luis Laguna, o en la lluvia cayendo en ¡Qué llueva, qué llueva!, tema del que toma su nombre el disco, y del que comenta el músico: “invoca agua, providencia, fecundidad, pureza, frescura y verdor. Todo ese disco es una oración a Dios para que traiga sobre Venezuela esos dones que solo pueden venir de sus manos santas, y sé que lo hará pronto”. 

El disco, grabado con el patrocinio de la hermana del artista, Julieta Lozano, incluye, junto a los arreglos de piezas tradicionales, una bellísima obra de Leonardo, El rosal de la huerta, en la que el cuatro se emplea como un instrumento contrapuntístico y polifónico, transformándose en cuenta cuentos y hasta en una coral (en la última de las variaciones). El músico, creyente fervoroso, afirma al respecto: “es composición mía, aunque creo que en un milagro opera sobre mí cuando trabajo, y me da vergüenza poner la firma sobre un milagro, pues los milagros vienen de la gracia de Dios. Cuando yo pongo mi firma estoy consciente con humildad de quién me ayuda a trabajar y de quién, generoso, deja que la impronta de un ser común se trace sobre su obra”. 

Hay otros aspectos que inciden en el sonido final que escuchamos en esta producción, realizada en Valencia por Rafael Naranjo, ingeniero de sonido, y masterizado en Bogotá, Colombia, por el Maestro Pedro Ángel, guitarrista: en todas las grabaciones estuvieron presentes su esposa Carolina y su hija Paola, o bien las hermanas y sobrinos de Leonardo, a fin de evitar que le sobrecogiera la frialdad del estudio. “Siempre tuve presente que tocaba para ellos”, afirma el músico, quien utilizó un cuatro hecho en 1996 por Marco Antonio Peña. 

Lozano enfatiza que este disco constituye también un tributo a la música de Antonio Estévez, que estuvo presente en su niñez a través de las manos de Alirio Díaz: “transcribí tres de sus 17 piezas infantiles, para piano, así como una obra original para cuatro que escribiera Freddy Reyna, El molinete

En este hermoso trabajo de Lozano se conjuga el profundo conocimiento y dominio del instrumento, con la voluntad de salvaguardar nuestro acervo musical y divulgar los temas de nuestro patrimonio. Una labor muy de agradecer por parte de todos los venezolanos. 

linda.dambrosiom@gmail.com

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