Qué le hace Nueva York a la gente

Una corresponsal repasa sus 5 años en la gran ciudad de EE.UU.

La primera vez que almorcé en Nueva York me gritaron. Quedé avergonzada e intimidada.

Cuando me fui de la ciudad yo misma estaba gritando.

Nueva York le hace eso a la gente.

En aquel momento acababa de desembarcar o, más bien, de bajar de un vuelo después de 10 años viviendo en Medio Oriente, África y el sudeste asiático. Estaba maravillada por todo.

Me puse en la fila de un comercio durante la hora del almuerzo y conté 27 variedades de sándwiches de huevo. “Guau”, pensé, preguntándome cómo alguien podría empalmar, cortar y mezclar huevos de 27 maneras distintas.

Con la mente en blanco, quedé muda cuando el empleado me preguntó por mi pedido.

─Che, ¡decidite o salí de la fila! ─gritó el chico detrás del mostrador.

Me fui y nunca volví.


El famoso sándwich de pastrami

5 años más tarde me fui de Nueva York, más impaciente que nunca.

Tener que esperar más de unos pocos segundos en el semáforo, la lentitud de un turista que se entretiene en la vereda o el horror de no obtener el talle adecuado de unos carísimos pantalones de yoga con solo un clic del mouse me pueden provocar una gran indignación.

Cuando vivía en Sudán y Pakistán la gente sentía pena por mí. Apenas me mudé a Nueva York todo cambió.

Amigos y familiares que no había visto en años vinieron repentinamente en tropel, atraídos por una de las ciudades más intensas del mundo, con un glamour, un descaro y una adrenalina que hace que todos los demás se vean desaliñados, tímidos y con una lentitud que mata.

Incluso para una pasajera de avión nerviosa como yo, el aterrizaje sobre el brillante horizonte de Manhattan nunca parece algo viejo.

Nueva York es un lugar que va rápido. En la ciudad que nunca duerme merodear es una pérdida de tiempo. Quizás, el peor pecado. El tiempo es dinero: siempre hay un millón de cosas que hacer y nunca tiempo suficiente para hacerlas.

Los terrenos baldíos de la autopista de Nueva Jersey se transforman instantáneamente cuando aparece a la vista el brillo de la Torre de la Libertad, un símbolo de la resiliencia construido después de los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001 donde estaba el World Trade Center.


La Estatua de la Libertad, otro símbolo ineludible

¿El semáforo acaba de ponerse rojo? A pasarlo rápido.

¿El vagón del subte está demasiado lleno? Avanzá y gritales a todos para que retrocedan.

Puede que no seas nadie, pero estás compartiendo los espacios más atestados de Estados Unidos con algunas de las personas más ricas, talentosas y exitosas del planeta.

Cuando llegué por primera vez Robert de Niro rodaba una película a la vuelta de la esquina. También tuve un breve entusiasmo por frecuentar la misma hamburguesería a la que iba el famoso escritor británico Martin Amis (nunca lo vi).

Luego de mudarme a Harlem, mi parada de colectivo fue en la calle 110, como en la canción de Bobby Womack. Por ahí estaba el Teatro Apollo, punto de despegue de 1.000 carreras.


El legendario teatro de Harlem.

Incluso yo, una de las personas más hogareñas de la ciudad, me he codeado en fiestas con gente como Naomi Campbell (impresionante), Donatella Versace (escalofriante) y Lady Gaga (pequeña). Más de una vez Anna Wintour fijó su mirada helada en mi anticuado abrigo verde.

A los escépticos, que son tipo antinorteamericanos, les digo que Nueva York representa lo mejor de Estados Unidos.

Tolerante, pujando hacia la renovación, infinitamente optimista e inclusiva: un lugar donde se habla hebreo y árabe en el mismo vagón del subte y abuelas menudas toleran la música de un rap ensordecedor.

Es una ciudad en constante regeneración.


Pasear en carruaje por el Central Park

Nueva York ha sido durante generaciones la puerta de entrada para inmigrantes: podés tomar un desayuno israelí, un almuerzo yemení o pedir que te traigan comida china a tu departamento para la cena.

Durante mi estadía la celebración islámica Eid al-Fitr y el año nuevo chino se consideraron feriados escolares; las fiestas judías lo han sido durante años.

Mis vecinos indios pusieron en el vestíbulo un calendario de adviento (para ir descontando los días que faltan para Navidad) hecho de chocolate.

Menorás, y no solo árboles navideños, adornaron casi todos los edificios públicos a partir de diciembre.


Una clase de yoga en pleno Times Square.

Mi acento británico rara vez provoca comentarios. Te aceptan en un crisol donde millones de personas vienen de otra parte y esa otra parte nunca es tan importante como estar en Nueva York.

Por más cursi que suene, te hace ser más abierto.

Por ejemplo: ya no asumo que cuando alguien se refiere a una pareja habla de su socio o de un miembro del sexo opuesto.

También puede hacerte más estridente. El movimiento #MeToo me abrió los ojos a desigualdades frente a las que antes me encogía de hombros creyendo que eran “parte de la vida”.

Después de períodos cubriendo guerras en Irak, Afganistán y Siria, años de autoconciencia sobre si mi trasero estaba o no cubierto, ahora apenas noto los minishorts en verano y ni pienso en el ya tradicional “Día de viajar sin pantalones en el subte”.

La energía cinética de compartir una pequeña masa de tierra con tanta gente brillante te alienta a ser más determinado, a estar más en forma, a mantenerte más informado y actualizado. Y te inculca el deseo de ser más rico.

Nueva York ha sido una convergencia de mis vidas pasadas. Hay una sucursal de mi lugar favorito de sándwiches de Jerusalén, bares de kebabs afganos, restauradores que hablan griego, subastadores de arte londinenses y refugiados sirios en el Central Park.


Miles cada día disfrutan el principal paseo al aire libre de la ciudad

Fue en Nueva York donde vi a Abu Hamza, la pesadilla de los tabloides de Londres, que fue condenado a cadena perpetua aunque antes la jueza le ofreciera una rosquilla.

Fue también en Nueva York donde vi a Hillary Clinton ungida como primera mujer candidata a la presidencia de un partido importante y a Donald Trump clamar su victoria ante una sala llena de simpatizantes y fanáticos en las elecciones de 2016.

Puede que el “sueño americano”, por duro que sea, aún viva y prospere en Nueva York. Pero, como la mayoría de las cosas estadounidenses que se ven radiantes en la superficie, no todo lo que brilla es oro.


Paseando perros junto al East River

El subte está en plena crisis. Es difícil evitar el viaje aplastante y, sí, he visto excrementos humanos en el pasillo.

La ciudad es esclava de lo material, en una época prohibitivamente cara.

Cada vez es más claro que solo los millonarios pueden progresar en Manhattan, mientras que los demás nos vemos obligados a hacer largos desplazamientos desde barrios en las afueras.

De alguna manera nunca reciben suficiente atención temas como la crónica falta de vivienda, la crisis de los opiáceos o las divisiones raciales en la asistencia sanitaria y la educación.


Grand Central, quizá la estación más famosa del mundo. Cumplió 100 años en 2013

Derroché los ahorros de mi vida en el pago inicial de un departamento en el que un gato apenas puede darse vuelta. E incluso tuve que alquilar mi habitación de vez en cuando para pagar lujos que una vez di por sentados.

El reciclaje está a años luz de Europa. La basura se acumula en las noches de calor, con un tufillo similar al de la playa en Gaza o una alcantarilla en Bagdad. Las rutas y calles están llenas de baches.

Quizás en lo único en lo que concuerdan los demócratas y los republicanos es en los aeropuertos “de tercer mundo” que tiene Nueva York.

Mis 5 años han visto un ciclo deprimente de celebridades muertas: no por causas naturales, sino por sobredosis de drogas y suicidios.

Si bien la ciudad es infinitamente estimulante, también puede ser completamente enloquecedora.

Solo en otros pocos lugares del mundo hay que abrir la ventana cuando está nevando porque en el edificio no se baja la calefacción central aunque haga tanto calor como en el desierto del Sahara.

Las autoridades de Nueva York parecen vivir en una suerte de pánico constante.

En verano te acosan con advertencias sobre los peligros del calor. Cuando llueve, las alertas de inundaciones repentinas acaparan tu celular. En invierno las advertencias apocalípticas por la amenaza de nieve provocan el almacenamiento y la vigilancia compulsiva.

Los últimos 2 años estuvieron marcados por el colapso nervioso colectivo del Estados Unidos liberal, todavía conmocionado, angustiado e incrédulo ante el hecho de que Trump sea el presidente del que consideran es el mejor país del mundo.


El Chrysler Building, en Midtown Manhattan

Lo que acecha debajo de la superficie, aunque rara vez se reconoce, es que Trump es uno de ellos. Nos guste o no, es un neoyorquino: la máxima personificación de la impetuosa década de 1980.

Su ascenso ha sido la última cachetada para la élite de Manhattan que desdeñó al magnate por sus sonados divorcios, sus derrumbados casinos y sus escandalosas bancarrotas.

La visión de Estados Unidos que tiene Trump es la antítesis de lo que representa la Nueva York colectiva. Sus pronunciamientos agitan a legisladores, conductores de televisión, actores y músicos. Hasta Wall Street está nervioso.


Agentes de bolsa, en plena operación

Una ciudad tan grande y tan poderosa en un país descentralizado está en buena parte protegida de las incursiones federales.

Los turistas aún acuden en bandada. Broadway está mejor que nunca y la mayoría de los problemas son anteriores a la administración de Trump.

Sin embargo, las redadas de inmigrantes se han convertido en realidad. Miles de trabajadores indocumentados viven en un universo paralelo.

El odio está en aumento.

La ciudad tiene un 13% de población judía (la más grande fuera de Israel) y las sinagogas han sido objeto de vandalismo.

Cuando les digo a amigos estadounidenses que Nueva York y Estados Unidos sobrevivirán a Trump, parecen inseguros. Su legendaria confianza está ahora profundamente afectada.

Lo que más recordaré es a los neoyorquinos comunes que he conocido, deslumbrantes en su diversidad. Y a los gigantes sobre los que he reporteado. Vástagos del “sueño americano”.

Escribí sobre diseñadores como Ralph Lauren Tommy Hilfiger o el magnate de Microsoft Bill Gates, cuyo baño del hotel era más grande que mi departamento.


Ralph Lauren en el Fashion Week de 2018.

Nueva York te pone en tu lugar. Rey del mundo por un instante, masticado y escupido al siguiente.

No hay nada más brutal que volver a los suburbios en el subte después de encontrarte con Rihanna en una fiesta, entrevistar a un compositor veinteañero sobre su nuevo musical o tener al lado en Christie’s a un millonario con cara de bebé que recién pagó por una obra de arte más plata de la que vas a ganar en toda tu vida.

Con todo, sigue siendo el mejor lugar en el que viví o probablemente viviré.

Fuente:clarin.com