El Dalí de la casa de Pablo Escobar

La danza tal vez no sea la mejor pintura de Salvador Dalí, pero posiblemente es la que tiene una historia más interesante.

Una primera copia colgada en el teatro Ziegfeld de Nueva York se perdió tiempo después en el incendio que destruyó la casa en Mount Kisco de Billy Rose, propietario del teatro y empresario de Broadway. Dalí hizo una segunda copia para Rose, quien la vendió.

Después llegó a la casa de Pablo Escobar, el infame capo colombiano del narcotráfico cuyo imperio de cocaína lo ubicó entre los hombres más ricos del mundo y cuyas campañas de terror paralizaron a su país.

Ahora, un libro de reciente publicación de Victoria Eugenia Henao, quien estuvo casada con Escobar, ofrece un recuento más completo de lo que ocurrió después con la pintura, que algunos conocen también como “Rock and roll”. En el libro Pablo Escobar: Mi vida y mi cárcel, Henao narra qué sintió cuando vio por primera vez la obra de Dalí, el surrealista español.

Escribe que quedó sorprendida por el movimiento de una pareja en un “desierto interminable, sexual y onírico”.

Lo que es más, según recuenta Henao, la pintura se convirtió en una especie de amuleto de la suerte para la familia Escobar: se salvó inexplicablemente de un bombardeo a su hogar en Medellín y más tarde funcionó como un “regalo” que cree que les salvó la vida a ella y a sus hijos.

A continuación, un recuento de los andares de la pintura, tal como ahora se revelan en el libro.

Ciudad de Nueva York, 1944

La primera versión de La danza era conocida como “El arte del boogie-woogie” y formaba parte de una serie comisionada por Rose para decorar el teatro Ziegfeld durante su producción inaugural, que fue una obra de teatro de revista musical llamada Las siete artes animadas.

Dalí creó pinturas que reflejaban su visión de la música, el teatro y las bellas artes y, posteriormente, fueron expuestas en el vestíbulo del teatro.

En la pintura original se podía ver a varias figuras retorcidas inmersas en lo que se asemejaba más a una lucha que a una celebración; parecían moverse dentro de un largo corredor o túnel. Entre ellos había una tuba en llamas y en el fondo deambulaban misteriosas figuras.


La versión original de la obra, apodada “The Seven Lively Arts. Art of Boogie-Woogie (Las siete artes animadas: El arte del boogie-woogie o el arte del rock and roll)” data de 1944.

Mount Kisco, Nueva York, 1956

El conjunto original de pinturas de Dalí fue llevado posteriormente a la mansión de Rose en Mount Kisco, un suburbio de Nueva York, pero las obras se destruyeron en un incendio que redujo la casa a cenizas en 1956.

Cuando Dalí supo que las pinturas se habían perdido, ofreció volverlas a pintar por el mismo encargo original como muestra de gratitud hacia Rose, su mecenas.

Portlligat, España

Dalí pinto la serie de sustitución en España, en Portlligat, donde vivía. Para entonces, se había convertido en un artista mundialmente famoso, conocido por su imprevisibilidad, extravagancia y su mezcla inusual y surrealista de lo brutal y lo divino.

La segunda versión de la obra es ligeramente distinta. Solo aparecen dos figuras y la tuba ya no está. Dalí también alteró el entorno: los dos bailarines se encuentran inmersos en un paisaje árido típico del artista. La nueva serie se colocó en el apartamento de Manhattan de Rose.

Ciudad de Nueva York, 1985

El hombre que le compró el Dalí a Rose lo vendió en una subasta en Sotheby’s de Nueva York el 14 de mayo de 1985. Henao no aclara en su libro si ella fue la persona que pagó 209.000 dólares (alrededor de 490.000 dólares actuales), o si lo adquirió después. Sin embargo, para 1988 había llegado a Colombia, parte de una colección que ella buscaba establecer.


La segunda versión de “La danza” fue subastada en las oficinas de Manhattan de Sotheby’s en 1985.

En su libro, Henao sugiere que el arte se convirtió en un refugio para ella; una actividad amable en una vida envuelta a menudo en la violencia y el miedo. La autora afirma que en términos generales desconocía el grado de los crímenes de Escobar, pero no trata de negarlos. En una entrevista hace poco con la radio colombiana se disculpó por el dolor causado por su marido.

Respecto al arte, Henao asegura que Escobar le prestaba poca atención a las obras que ella coleccionaba; escribe que a él solo le interesaban “las antigüedades y los autos viejos”.

Henao coleccionó obras de diversos artistas, como el pintor Claudio Bravo, el escultor y pintor Fernando Botero y Édgard Negret, escultor.

No obstante, indica que la adquisición del Dalí fue especialmente crucial dada su importancia. “Me parecía increíble”, menciona “que a mis 22 años pudiera tener una obra de arte así en mi casa”.

Medellín, Colombia, 1988


Pablo Escobar con Victoria Eugenia Henao y su hijo durante un partido de fútbol en Bogotá

El departamento de los Escobar se encontraba en un barrio de Medellín conocido como El Poblado. Henao comenta que colgó el Dalí en un lugar que consideraba privilegiado, la biblioteca, desde donde se podía ver desde varias perspectivas.

La obra estaba colgada ahí cuando en 1988 estalló un coche bombadirigido contra Escobar y a su familia. Escobar no estaba presente; la familia sí y alcanzó a huir.

Días después del ataque, comentó Henao, su hermana regresó al edificio, donde encontró la pintura intacta y la recuperó.

Llevó La danza a casa de su hermana en otro barrio de Medellín. No obstante, Henao escribe que aquella casa también sufrió un ataque por el grupo paramilitar Los Pepes. Los paramilitares le prendieron fuego a la casa en 1993; en un principio Henao dio por hecho que la pintura había quedado destruida.

Sin embargo, los pirómanos se habían llevado la pintura de Dalí, algo que ella descubrió tras la muerte de su marido en diciembre de ese año. Dice en su libro que poco después recibió un mensaje de un intermediario de Carlos Castaño Gil, quien dirigía a Los Pepes junto con su hermano Fidel.

Los hermanos estaban dispuestos a devolverle la pintura a Henao, ahora viuda, para ayudarla a pagar a los enemigos de su marido. Sin embargo, ella declinó la oferta, debido a que recordó algo que su marido le había dicho para mitigar situaciones posiblemente peligrosas. “El día que muera”, recordó que le dijo Escobar, “déjales lo que te quede para que no te maten ni a ti ni a los hijos”.

Ese gesto fue uno de varios que hizo para convencer a los otrora enemigos de su marido de que ella no suponía ninguna amenaza, así como para indemnizarlos por los costos de haber batallado con Escobar. Al parecer, tuvo éxito: Henao y su familia pudieron salir de Colombia a salvo y con el tiempo se establecieron en Argentina.

“Salvador Dalí, ni en sus espacios más surrealistas, imaginó que su obra iba a ser ondeada como bandera de paz entre dos carteles”, escribe Henao al respecto. Dice que lo último que supo sobre la obra fue que Castaño Gil contactó a vendedores de arte en Bogotá para que movieran la pieza con un coleccionista internacional.

Fukushima, Japón, 2018

En 1994, Christie’s de Londres puso La danza a la venta. La procedencia en el catálogo mencionaba a Billy Rose y a otro coleccionista como sus dueños anteriores, pero no mencionaba ni al vendedor ni a Escobar. La casa de subastas valuó la obra en un elevado precio inicial de 625.195 dólares. Un empresario japonés, Teizo Morohashi, fundador de la empresa minorista de productos deportivos XEBIO Corporation, compró la obra a un precio final que no se dio a conocer.


Teizo Morohashi adquirió “La danza” unos años antes de abrir un museo en Fukushima dedicado en buena medida a la obra de Dalí.

Morohashi, coleccionista de arte especialmente fascinado con la obra de Dalí, adquirió unas 330 pinturas, esculturas, obras gráficas y otras obras del artista. Posteriormente, las donó —junto con setenta obras de otros artistas— para crear el Museo de Arte Moderno Morohashi. Este abrió en 1999 en un terreno que también donó en Aizu-Bandai-kogen, una sección del interior de la región de Fukushima que se encuentra a unas dos horas en auto de la costa del Pacífico. El museo recibe alrededor de 50.000 visitantes al año.

Dalí muy probablemente estaría contento de que otro museo honre su legado. Dada su particular afición por el humor y la belleza con la que uno puede encontrarse incluso en un mundo tan complejo, seguramente también disfrutaría el extraño viaje que La danza tuvo que hacer para llegar ahí.

Fuente:nytimes.com