Aproximación a Carlos Cruz-Díez Un análisis de la percepción del color

 “Yo considero que he sido el último artista que ha hecho una investigación profunda obre el color; porque el cromatismo (…) ha sido un auxiliar para los pintores, una cosa intrascendente (..,) Yo, por el contrario, he tratado de convertir el color en actor principal”.[1]

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Que Carlos Cruz-Diez haya osado ofrecer a Francisco Rivera una declaración tan excesiva[2] a simple vista manifiesta bien a las claras la intención doctrinal y el programa de acción que el artista caraqueño ha querido poner a la base de toda su producción cinética.

Resulta, en efecto, evidente constatar que, en sus diversas series de obras cinéticas. Cruz-Diez ha desarrollado, en múltiples posibilidades y variadas formas, la idea de la esencial interacción entre el espectador y el estímulo visual en la percepción del color, o, dicho en otros términos, el principio de que el color no es una cualidad objetiva e inmutable, sino un fenómeno inestable, fluido y en continua transformación, en la percepción del cual, por lo demás, el ojo del espectador juega un papel esencialmente activo y creador. Desde esta perspectiva, el ojo, en la percepción del color, no se conforma con ser un mero receptor que se deja determinar pasivamente por una propiedad extrínseca y estática, sino que se comporta como un actor dinámico que estructura, da forma, organiza y re-crea los datos sensibles informes, provenientes del estimulo cromático. Por eso, el propio Cruz-Diez podrá escribir:

“Traté de conjugar mis conocimientos artísticos y la información sobre estos fenómenos simples estudiados ya por la química, la física y la óptica, para elaborar una plataforma de trabajo que he tratado de desarrollar a través de los años, bajo el concepto de que el color es una situación inestable, en continua transformación. Así se establece una dialéctica entre el espectador y la obra, al constatar por sus propios medios perceptivos que él es capaz de construir y deshacer el color centrar su propio resonador afectivo” [3]

Y más tarde, continúa el propio artista:

 “me he propuesto establecer un sistema simple y directo de comunicación a través del color, donde el espectador descubra y constate sus posibilidades y limitaciones, y su relación con la obra no se reduzca a interpretar un código de símbolos. Quiero implicarlo en la vivencia de una situación mutante que le permitirá descubrir el color haciéndose, y la posibilidad de encontrar su propio resonador afectivo” [4]

 Por lo demás, para mejor analizar el fenómeno del color y el de la percepción óptica. Cruz-Diez ha querido situarse en el plano de la mayor abstracción y de la máxima depuración formal. Esto le ha exigido una doble renuncia: por una parte, en el terreno icónico, la renuncia a toda referencia “descriptiva” a formas o figuras de la realidad objetiva (abandono de la pintura figurativa); por otro lado, desde la perspectiva semiológica, la renuncia a utilizar el color como expresión anímica o afectiva individual (en lo cual insistían, en cambio, la abstracción lírica, el expresionismo abstracto o el Action Painting) o como sistema de significaciones conceptuales, míticas o simbólicas (como ocurría, por ejemplo, en la abstracción de Auguste Herbin).

Por eso Cruz-Diez, a la hora de hacer un análisis de la percepción cromática, utiliza un lenguaje formal que, si, por un lado. parece interesar únicamente a la sensibilidad pura (por el hecho de considerar sólo los aspectos ópticos del color, independientemente de toda eventual resonancia afectiva y de todo contenido simbólico o conceptual), se acerca también, por otra parte, a la sistematización racional, por cuanto utiliza un reducido conjunto de estructuras espaciales simples, abstractas y universales (la línea recta, el cuadrado, el rectángulo, el círculo), que el artista organiza en interrelaciones dinámicas, según un orden matemático-geométrico.

Para materializar así, de algún modo, los presupuestos y conclusiones de su plataforma teórica, Cruz-Diez realizará, a partir de 1959, un conjunto de series sucesivas de obras cinéticas, que él mismo denominará Color Aditivo (1959), Fisicromías (1959), Inducciones Cromáticas (1963), Cromointerferencias (1964), Transcromías Aleatorias (1965), Cromosaturaciones (1968) y Cromoprismas Aleatorios (1975).

[1] 1 Carlos Cruz-Diez, citado por Francisco Rivera, El Universal, Caracas, 31 de mayo de 1981.
[2] El Universal, Caracas, 31 de mayo de 1981.
[3] Carlos Cruz-Diez, Didáctica y dialéctica del color, Universidad Simón Bolívar, Caracas, febrero 1880, s/p.
[4] Ibidem.

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A propósito del autor.

José María Salvador González, Licenciado en Filosofía y Letras (especialidad Filosofía Pura) por la Universidad Complutense de Madrid (1971), es Doctor en Estética y Ciencias del Arte por la Universidad Panthéon-Sorbonne de París (1981), Doctor en Ciencias Sociales por la Universidad Central de Venezuela, Caracas (2002), Doctor en Historia del Arte por la Universidad Complutense de Madrid (2007) y Doctor en Historia de las Religiones, también por la Universidad Complutense de Madrid (2018). Posee además otras varias Licenciaturas, Másters y Diplomas de Estudios Avanzados (DEA) en universidades de Roma, París, Lovaina (Bélgica), Madrid y Caracas. Catedrático (Emérito) en la Universidad Central de Venezuela, hoy es Profesor Contratado Doctor, Catedrático Acreditado, en el Departamento de Historia del Arte I (Medieval) de la Universidad Complutense de Madrid. Autor individual de más de treinta libros y monografías.

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